Lc 13,18-21: El grano creció y se hizo un árbol.
En aquel tiempo, decía Jesús:
«¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé?
Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas».
Y dijo de nuevo:
«¿A qué compararé el reino de Dios?
Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó».
Reflexión
Cuando veo este evangelio en el que Jesús compara el Reino de Dios, a mí me choca enormemente. ¡Hablamos del Reino de Dios!. Me choca porque la inercia que tenemos es a valorar lo grandioso, lo majestuoso, lo numeroso, lo llamativo…en la pastoral (grandes encuentros, los números de las comuniones…), en la vida espiritual (incluso valoramos la vida de los santos por los milagros y las acciones extraordinarias que hicieron, las apariciones…)
Corremos el riesgo de hacer el trasvase de la “calidad” a la “cantidad” hasta identificar “lo abundante” con “lo excelente”.
Muchas veces, Jesús nos va enseñando la pedagogía de la fe que es “contracorriente” y más en esta sociedad del siglo XXI.
Jesús, por un lado valora y ensalza lo pequeño, lo insignificante, lo que no cuenta, lo desechado (las periferias, las minorías)… para seguirlo a Él hay que renunciar a sí mismo…
Jesús valora lo escondido, lo secreto, como vemos el Miércoles de Ceniza y tantas veces que mandaba que “no se lo dijeran a nadie”. El “reinado de Dios” se realiza en “lo pequeño” y en “lo oculto”.
Jesús valora también que la fe tiene que encarnarse, mezclarse, diluirse en la masa para fermentarla, enterrarse para producir fruto. Solamente desapareciendo es como el grano de mostaza y la levadura transforman.
La religiosidad de Jesús se identifica con la vida, sobre todo con la vida sencilla de los más sencillos, de los humildes, de los pobres y los niños. Porque eso es lo que cambia el corazón humano. Y lo que nos humaniza. Lo demás es pomposidad y fatuidad engañosa.