martes, 6 de octubre de 2026

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL 7 DE OCTUBRE DE 2026

 Lc 11,1-4: Señor, enséñanos a orar.

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

-Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

El les dijo:

-Cuando oréis, decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación».


Reflexión


Señor, enséñanos a orar. ¡Cuánto nos olvidamos en nuestra oración de pedirle que nos enseñe! Igual que aquel personaje que tenía fe, pero dudaba y pedía aumentar su fe. 


Así deberíamos también nosotros pedirle al Señor que nos enseñe:

a orar,

a esperar,

a confiar,

a escuchar,

a interpretar,

a contemplar,

a meditar,

etc.


Jesús, comienza esa enseñanza con la palabra mágica: Padre. Orar es aprender a decir Padre.

lunes, 5 de octubre de 2026

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL 6 DE OCTUBRE DE 2026

 Lc 10,38-42: Marta lo recibió en su casa. María ha escogido la parte mejor.

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. 

Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. 

Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: 

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». 

Respondiendo, le dijo el Señor: 

«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».



Reflexión


El evangelio es bien controvertido con la discusión sobre la vida activa o contemplativa y Jesús no aboga por una diferencia o preferencia sobre una o sobre otra.


Por un lado le señala a Marta el peligro que entraña una vida que se dispersa en una actividad excesiva, al tiempo que el mismo Jesús pone como modelo la actitud del que está atento a la Palabra de Dios. 


Podemos caer en la Iglesia y en la vida en el activismo, en la actividad excesiva, en llenar los momentos y los espacios con acciones, sin importar el silencio y el vivir lo que hacemos, los momentos que habitamos. 


El activismo nos desgasta, nos desalienta, y nos va debilitando nuestro seguimiento, nuestro encuentro y en definitiva el núcleo más importante de la fe y de la vida. 


El contrapunto a todo esto es la escucha. Hay que escuchar el silencio, que nunca para un cristiano es silencio “a secas”, sino silencio sonoro” o “silencio habitado”. No escuchamos, no nos escuchamos y tampoco escuchamos a Dios. Muchos de los problemas que tenemos en la Iglesia es por no escucharnos y no escuchar a Dios. Y es lo primero.


La escucha, la acogida, la atención y el interés del otro por lo que yo pienso, por lo que digo, por lo que sé o lo que pienso, todo eso no tiene precio. Porque quien me escucha, no se interesa por lo que necesito, sino que se interesa por mí. 


Mucho más podremos decir de la Palabra de Dios. Jesús alaba de Marta porque escuchaba “su palabra” y es la parte mejor. La escucha de la Palabra de Dios es el principio de toda acción y actividad en la Iglesia. 


Permítanme que termine con estas palabras de Evangelii Gaudium n. 262: "Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía. Al mismo tiempo, «se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación». Existe el riesgo de que algunos momentos de oración se conviertan en excusa para no entregar la vida en la misión, porque la privatización del estilo de vida puede llevar a los cristianos a refugiarse en alguna falsa espiritualidad".


domingo, 4 de octubre de 2026

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL 5 DE OCTUBRE DE 2026

 Mt 7,7-11: Quien pide, recibe.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

-«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!»


Reflexión


Hoy celebramos las Témporas de acción de gracias y de petición. Aunque ahora no tengamos ganas de darle gracias a Dios, si podemos pedirle, y así es como nos lo plantea este evangelio. 


De todas formas, siempre tendremos motivos para darle gracias a Dios: por la vida, etc. Por muy mal que nos vaya, la vida siempre será un milagro y regalo de Dios. Conviene no perder nunca la perspectiva. 


En este evangelio se nos invita a pedirle. Porque sólo el que pide recibe. Se refiere que el que pide, está más preparado para recibir. Y aunque pidamos y se nos de aquello que pedimos, Dios siempre nos sorprende. 


Por ello, en este día no nos pongamos en otro horizonte sino en el de los dones de Dios, siempre más generosos que los que pueda pedir o pensar.

Pongámonos en el horizonte de la providencia de Dios por el cual estamos en sus manos, y no en las nuestras. Estamos en su sabiduría y no en la nuestra. 

Pongámonos en el horizonte de la fe, por la cual no desconfiamos del camino trazado en nuestra vida. 

Pongámonos en el horizonte de la esperanza por la cual, según su promesa: veremos cosas mayores.

Pongámonos en el horizonte de su misericordia por la cual, cualquier situación está encuadrada en su ternura para con nosotros.

jueves, 1 de octubre de 2026

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL 2 DE OCTUBRE DE 2026

 Mt 18,1-5.10: Sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: 

«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?». 

Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: 

«En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial».


Reflexión


Celebramos la memoria de los ángeles custodios. Ángel significa mensajero, es el que va de parte de Dios comunicando su Buena Nueva. Pero en Dios la palabra y los hechos van unidos, por lo que el ángel también protege, vela para que la buena nueva se cumpla en nosotros.


Están a nuestro servicio de manera desinteresada, sin un ápice de aprovechamiento personal. Son signo del amor de Dios que nunca nos deja solos, sino que nos manda protectores.


Es un día para agradecer su presencia, cercanía y dedicación a nosotros. Es un día para tener más en cuenta que siempre habrá una voz de parte de Dios en nosotros cuando queramos discernir o elegir la voluntad de Dios ante lo que nos sucede. 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL 1 DE OCTUBRE DE 2026

 Lc 10,1-12: Descansará sobre ellos vuestra paz.


En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:

–La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies.

¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.

Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.

Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario.

No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «está cerca de vosotros el Reino de Dios».

Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: «Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios».

Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo.


Reflexión


En el evangelio de hoy, Jesús está enviando a los 72 discípulos. No van a título personal, sino enviados. Son sus enviados, van en su nombre, con su espíritu, su poder, con su paz.


No van con sus cualidades, sensibilidades, sino revestidos de la paz de Jesús. Es una paz que se da, entrega y llena toda la casa. La paz no es solamente una actitud interior de quietud, sino que es un don de Dios. Por ello hay que recibirla. 


Por un lado saco dos consecuencias. Yo que soy cristiano consciente y por tanto, enviado de Dios: ¿derramo su paz? ¿La paz que llevo en su nombre va descansando en las personas con las que me encuentro? ¿Transmito paz? O, ¿mi forma de ser, mis palabras, derraman tensión, angustia, nerviosismo, envidia, violencia?


Segunda consecuencia, yo que soy enviado de Dios, ¿me preocupo de pedir, buscar, hallar la paz de Dios? ¿Tengo momentos detenidos de oración, simplemente poniéndome a su escucha?


Es un bonito ministerio, ser agente de la paz de Dios, que tantas personas hoy necesitan. 

martes, 29 de septiembre de 2026

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL 30 DE SEPTIEMBRE DE 2026

Lc 9,57-62: Te seguiré adondequiera que vayas.


En aquel tiempo, mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno:

«Te seguiré adondequiera que vayas».

Jesús le respondió:

«Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».

A otro le dijo:

«Sígueme».

Él respondió:

«Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».

Le contestó:

«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».

Otro le dijo:

«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».

Jesús le contestó:

«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».



Reflexión


Jesús no quiso fieles “obedientes”, sino “seguidores” sin más. Sin nada más. Lo cual quiere decir esto: lo que define la relación con Jesús no es la obediencia, sino el seguimiento. Este evangelio nos lo deja claro, ser cristiano es seguir a Jesús con todas las consecuencias. Y esto al momento de anunciarnos Lucas la decisión de ir a Jerusalén. 



Lucas pone al descubierto que, si se asume el seguimiento de Jesús, pueden entrar en conflicto diversas lealtades, quizá las más serias lealtades de la vida.

Se trata concretamente de tres lealtades fundamentales:


1) Renuncia al status: estar dispuesto a perder seguridades, instalaciones y dignidades, para verse, si es preciso, peor que las alimañas del campo.


2) Renuncia a las convicciones religiosas tradicionales: eso es lo que significa la renuncia a enterrar al propio padre, ya que, para los piadosos judíos de entonces, el último servicio a los muertos era considerado como la cima de todas las buenas obras de la Ley.


3) Renuncia a ataduras que impiden el servicio incondicional al Reino: es la libertad ante los vínculos de sangre que más condicionaban a la gente en el modelo de familia patriarcal.


¿Qué hay detrás de estas exigencias tan radicales? La radical humanidad de Jesús hecha pasión dominante y determinante en la vida de una persona. No por motivaciones emocionales o afectivas, sino por la comunión en un mismo proyecto: el proyecto del Reino, que es el proyecto por la vida, por la seguridad y dignidad de la vida, por la felicidad de la vida para todos por igual. Y, sobre todo, el proyecto de vivir de tal manera que nada ni nadie me impida contagiar la bondad que nos hace felices y hace felices a los que conviven con nosotros. Cuando eso pasa, de ser una “ideología” a ser una “convicción” que genera unos hábitos de vida, he ahí lo que es el seguimiento, que, con Jesús, hace el camino hacia Jerusalén.

lunes, 28 de septiembre de 2026

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL 29 DE SEPTIEMBRE DE 2026

Jn 1,47-51: Veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: 

«Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». 

Natanael le contesta: 

«¿De qué me conoces?». 

Jesús le responde: 

«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». 

Natanael respondió: 

«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». 

Jesús le contestó: 

«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». 

Y le añadió: 

«En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».


Permítanme que les ponga la homilía de la Fiesta de San Miguel del año 2022


 Llevamos varios días meditando sobre esta lectura de la carta de San Pablo a los Efesios, y más en concreto a la simbología de los atuendos de los guerreros, que vemos que también los tiene en su imagen. Nombramos la coraza de la justicia, el escudo de la fe y el yelmo de la salvación. Pero nos faltó la cintura ceñida con la verdad, los pies con la prontitud para el evangelio de la paz y la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Así tenemos una visión completa.

Veremos de una manera breve cada una de ellas:


Coraza de la justicia


Decíamos que la coraza de la justicia era una coraza para mis relaciones con Dios y con las personas. Unas relaciones justas, basadas en el respeto, en la verdad, en la coherencia, en la lealtad, en la verdad. Esta relación justa con Dios consistía en considerarnos “agraciados” de su amor, salvados gratuitamente. Es reconocer que el Señor ha tenido misericordia de nosotros y de nuestros pecados. Una relación justa con Dios es reconocer que todo lo recibimos de Él.

Esta coraza nos protegía de la tentación del desánimo, del orgullo, del engreimiento.


Escudo de la fe


Al día siguiente buscábamos embarazarnos el escudo de la fe. Este escudo nos defendía de las insidias del enemigo. Insidias que nos ponen en grave peligro con relación a nuestro amigo. Sin embargo, San Pablo, nos invita a esperar cuando se ha perdido toda esperanza. 

Ante ello la fe nos defiende de las fuerzas oscuras.

La fe es la actitud fundamental del hombre frente a Dios.

La fe es un acto libre y espontánea por el que nos adherimos personalmente a Dios en Cristo. Por tanto, la fe es, antes que nada, la entrega personal de nosotros a Dios, nuestra correspondencia a la palabra de Dios.

La fe es en una persona es consagración y entrega personal a Jesús como el Salvador, a Dios Todopoderoso.

La fe es también una mirada que penetra los acontecimientos y las situaciones, los estados, de manera que podamos descubrir la mano de DIos en todo.

Es por tanto, un escudo muy fuerte y poderoso, por más que las fuerzas del mal puedan ser intensas, porque podemos descubrir como Dios actúa de un modo grandioso en nosotros y como toda nuestra jornada es un milagro de Dios, un don suyo y gozar de esta participación que Dios nos da en su extraordinario fuerza y poder, los mismos con los que resucitó a Cristo y se manifiestan ahora en nosotros. Y esto es indestructible. 

A través del espíritu de fe, debemos hacer de esta un escudo contra las mezquindades, las trivialidades de la vida cotidiana, que tiende de continuo a hacernos ver los aspectos mezquino bajos y de poco esplendor de la vida.

A través del escudo de la fe debemos rechazar las tentaciones de restringir nuestra vida a un significado mezquino y de considerarla en su globalidad tal como Dios la va realizando cada día.

 

Yelmo de la salvación


Por último, anoche le pedíamos a San Miguel que nos coloque el yelmo de la salvación. Decíamos que no nos lo poníamos nosotros, sino que lo recibíamos de Dios.

Recibir el yelmo de la salvación era participación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo y esto lo hacíamos en la vida cotidiana en nuestras humillaciones, cuando experimentábamos debilidad en el cuerpo, en la psique, en el espíritu. Pero también decíamos que la humillación fundamental era el reconocer saber que todo lo recibimos, que nada es nuestro, que podemos hacer muy poco por nosotros mismos y por los demás; más aún que en realidad no podemos hacer nada frente a Dios, que todo es don suyo. Ésta es la humildad fundamental en nuestra vida.

Este yelmo de la salvación nos protege también de todas formas de vanidad, de la vanagloria que nos hace perder la cabeza


Cintura ceñida con la verdad


Pero en el texto también se nos pide que nos ciñamos la cintura con la verdad. En la Biblia ceñirse la cintura es sinónimo de prontitud, prontitud a hacer algo, disponibilidad. San Pablo nos pide disponibilidad para la verdad se refiere a todo el plan de Dios. Esa es la verdad total del Universo. Es un plan de salvación, del que no debemos despistarnos, por ello, todo lo que Dios quiere es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Eso significa que cualquier pequeño punto del plan, (que podríamos ser nosotros), es una pieza de un engranaje mayor, que pretende conseguir ese fin. 

Cualquier llamada que nos haga Dios es visto solamente dentro del PLAN.


Los pies con la prontitud para el evangelio de la paz


Es evidente que esta expresión es parecida a la anterior, nos invita a estar preparados para esa misión, en este caso, el evangelio de la paz. En San Pablo, es derribar el muro de separación, el muro de la división. Nos invita a estar prontos para el evangelio de la reconciliación, a la fraternidad, al entendimiento. Esta paz y entendimiento produce alegría, la alegría interior y profunda. El mayor arma contra el mal. Esta paz nunca será equilibrio, sino también participación en la ofrenda de Jesús cuando todo se pone complicado, porque no podemos nosotros, como ya hemos visto, y sobretodo, porque nunca es obra nuestra. 


La espada del espíritu que es la Palabra de Dios


Por último, San Pablo nos invita a utilizar la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios. En realidad la Palabra de Dios es nuestra mayor arma, de la cual se derivan las anteriores. Porque la Palabra de Dios contiene toda la verdad y la Palabra alimenta nuestra fe, nos ilumina para tener unas relaciones más justas entre nosotros y con Dios.

Es una espada porque es un arma afilada que permite separar, distinguir entre lo bueno y lo malo, por ello, ésta es faro, luz, esperanza de todas las demás. armas.


En definitiva, San Pablo nos anima a vestirnos con cada una de estas armas, para el combate que cada uno tiene que batallar cada día hasta el final de los tiempos. Recuerda, Dios nos ha dado una serie de armas poderosísimas, capaces de destruir el mayor enemigo que tenemos. Sobre todo porque las armas, son Él mismo regalándonos su amor, su gracia, sus dones. Tenemos sus armas, pero nosotros no somos las armas. Las armas son Dios en nuestra vida.